Extractos de Palos y piedras: Personas con discapacidades y sus historias de abuso, resistencia, y tenacidad
Prólogo por la editora -- Marsha Saxton
Cayendo en el trabajo -- Mike Larkin
La historia de James -- James Meadours
Tal como una persona normal -- Ronda Laman
Peligro: Discapacitada con SIDA --- Peter Bodo Ong’aro
La historia de Jody -- Jody Saxton
Prólogo por la editora
Marsha Saxton
Como defensora de las personas con discapacidades y educadora, repetidamente he escuchado historias incomprensibles de personas discapacitadas describiendo abuso severo y maltrato. Observé el maltrato de otros pacientes, niños con discapacidades más vulnerables que yo, por personal médico en el hospital donde me estaban haciendo una cirugía correctiva. Crecí entendiendo que el abuso ocurre a las personas con discapacidades. Pero no tiene que ser así. Se puede acabar con el abuso.
Hace un tiempo, fui entre las primeras con discapacidad a ser admitida a un curso único de auto-defensa para mujeres. “Atraca modelo” enseñó a las mujeres defenderse utilizando técnicas físicas para repelar a un atracador o violador. El programa había comenzado unos años atrás, diseñado para mujeres sin discapacidades. Pero con más experiencia, los profesores se dieron cuenta de que las técnicas podrían ser efectivas para mujeres con algún grado de limitación física. Como una mujer con un grado moderado de discapacidad en mis piernas por espina bífida, las técnicas fueron fácilmente aplicables a mí. También hubo una mujer ciega en el curso.
Los profesores nos enseñaban mientras practicábamos las técnicas defensivas con “atracadores,” hombres vestidos con protección -- cojines para el cuerpo entero, incluyendo máscaras parecidas a las del hockey y protectores para la entrepierna -- para que pudiéramos practicar nuestras defensas a toda fuerza sin hacerles daño. Aprendimos recibir a un atracador potencial, quien podría agarrar nuestros brazos o carteras, con un buen codazo a la cabeza suya. Practicamos la habilidad espantosa de levantar el pie para darle la rodilla duramente entre las piernas, golpearle con la palma abierta en la nariz, y meterle el dedo en el ojo.
Aprendimos que mujeres que arrastran los pies o cojean (¡como yo!) son blancos preferidos. Pero pudimos comunicar confianza caminando en la calle con nuestra postura, mostrando una actitud de “No te metas conmigo.” Aprendimos a planear la seguridad y precauciones de sentido común. Nos dijeron que desgraciadamente muchas mujeres se quedan calladas cuando son atacadas por años de acondicionamientos pasivos. Aprendimos a gritar, “¡NO!” entre todas, una clase de canción a la auto-defensa. Las clases fueron tan estimulantes como espantosas.
Este semestre, los estudiantes en mi curso de Introducción a los Estudios de Discapacidades en la Universidad de California, Berkeley, conforman un grupo especialmente compasivo. Cuando leímos y conversamos sobre las tasas de abuso de las personas con discapacidades y la discriminación omnipresente en su contra, algunos estudiantes repetidamente preguntaron, “¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que las personas con discapacidades, sean adultas o niñas, sean tan maltratadas durante toda la historia, aún hoy, incluso en los Estados Unidos?”
Yo, mayor, un poco más realista frente a esta ingenuidad, quiero decir, “¡Haló! ¿No se dan cuenta de la gente maltratándose mutuamente cada día en todo el mundo? ¿Guerras, tortura, asesinato? Pero suavizo este punto: personas, por coacción de todas las angustias humanas, pueden ser y son brutales. Pero mis estudiantes responden: “¿Pero por qué las personas con discapacidades? ¿Cómo podría la gente maltratar a una persona vulnerable, alguien que no podría ni hacerle daño a otra persona?
Hago una reseña para ellos de la historia que hemos estudiado. El movimiento eugenésico de los finales del siglo XIX fue solamente un ejemplo en la historia donde la gente con discapacidades fue específicamente seleccionada para programas de maltrato, segregación extrema, esterilización sistemática, y asesinato. El holocausto Nazi comenzó con la exterminación de personas discapacitadas, como “aprendizaje” para la “solución final.” Pero mucho antes de la historia moderna, la gente con discapacidades fue maltratada, aunque con variación de cultura a cultura. Evidencia de niños discapacitados abandonados para morir, matanzas por “piedad” de adultos discapacitados, y el homicidio sin pensar de personas con discapacidades está sembrada en toda la memoria histórica. Esas épocas tempranas todavía afectan a nuestras sociedades y influyen en nuestro maltrato de las personas con discapacidades.
Ofrezco a mis estudiantes mi teoría privada. Quizás los primeros ejemplos de seres humanos haciendo daño entre ellos fueron dirigidos hacía las personas con discapacidades. En la época de las cuevas, cuando tribus pequeñas de personas lucharon para sobrevivir en nuestra tierra no tan acogedora, aún antes de que los grupos rivales lucharan por el territorio o los recursos escasos, la discapacidad significativa de un miembro de la tribu—resultado del ataque de un animal silvestre, una caída severa, o un bebé nacido con una condición misteriosa o enfermedad inexplicable--ha de haber sido aterradora, inmanejable, y onerosa para la supervivencia del grupo. Ellos han de haber sido sujetos a explicaciones supersticiosas: espíritus malos, castigos de dioses hostiles. El clan rápidamente reaccionó en contra de estas fuerzas temerosas e invisibles.
Pero existen buenas noticias de la paleontología sobre la compasión prehistórica y la asistencia mutual. A pesar de los escasos recursos de supervivencia, comida, refugio, y calentamiento, existe evidencia mostrando que las personas con discapacidades fueron ayudadas y apoyadas por otros. Se han encontrado esqueletos de gente con muñones curados donde faltan las extremidades, significando que recibieron ayuda importante de otros para sobrevivir.
Este libro ofrece historias de personas discapacitadas quienes generosamente y valientemente cuentan de abuso y resistiendo el maltrato, de tenacidad en seguir con vidas fuertes. Nuestro intento en contarlas es acabar con el abuso y la violencia en contra de las personas con discapacidades. Estamos decididos en nuestra misión, pero las barreras, y las estadísticas son abrumadoras. No estamos dispuestos tener paciencia. Nuestras vidas y las de nuestros amigos están en juego.
A veces cuando acabo mi trabajo después de un día de enseñar o pedir subvenciones para la prevención del abuso doméstico, o luego de escuchar otra vez una historia dolorosa de abuso, pienso en mi curso de auto-defensa, cojeándome en el aparcamiento, y me acuerdo de levantar la cabeza y pensar, “¡NO!”
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Cayendo en el trabajo
Mike Larkin
He tenido asistencia personal por unos quince años. Me ayuda a salir de la cama bañado, vestido, y listo para comer. Otro asistente llega a las once de la noche para ayudarme acostar. Pago bien a mis asistentes, aumentando el dinero que reciben de programas estatales y federales. Tengo compañeros de casa quienes no son asistentes oficiales, pero me ayudan en apuros. Hay más apuros que imaginas.
Necesitaba un asistente suplente. Mi asistente regular, Tensin, se iba de viaje a Tibet por tres meses. No me gusta el proceso de contratar asistentes; muchos de los que solicitan empleo son lejos de ser lo que busco. Una solicitud me llamó la atención, de una persona llamada Cholong, quien dijo que era de Tibet. Por mis experiencias positivas con asistentes de Tibet, le llamé inmediatamente. Cuando vino para la entrevista, me quedé confundido. Fue un hombre blanco grande, y también se llamaba Charlie. Cholong fue su “nombre de Tibet.” Yo suponía que era una cosa espiritual. Charlie me parecía bien—una buena posibilidad. Él tenía algo de experiencia con este trabajo, y contaba sobre sus intereses, incluyendo viajar a Nepal y estudiar medicina.
Planeamos un día de aprendizaje con Tensin, un procedimiento operativo estándar: los asistentes con experiencia me ayudan enseñar a los nuevos. Pero unos días antes del día de aprendizaje, tuve una pregunta para Charlie y no pude localizarlo. Claro, como saben todos los que tienen asistentes personales, esto no es algo inusual: la buena posibilidad que desaparece tal como el rocío después del amanecer.
Comencé a llamar de nuevo para más entrevistas, pero después me llamó Charlie para decirme que había ido de camping, fuera del alcance de teléfonos. Yo sentía algo raro, pero estaba tan desesperado que no hice caso al sentimiento. Ignoren esos sentimientos a su peligro, compañeros que necesitan asistentes. Durante el día de aprendizaje, Tensin le mostró la rutina, mientras yo describía lo que necesitaba. Charlie seguía, pero no parecía recordar mucho de la rutina. Yo suponía que aprendería eventualmente.
Después de unos días con Charlie trabajando solo, yo todavía indicándole constantemente que hacer, empecé a pensar que no estaba funcionando. Parecía que él no podía acordarse de nada. Me había dicho que era diabético y tomaba algunos medicamentos para eso. A veces Charlie caminaba arrastrando los pies e incluso se tambaleaba un poco. Empecé pensar “¿Está tomando?” Él no tenía olor a trago. ¿Drogas? Yo querría que él funcionara en este empleo, entonces seguía concediéndole el beneficio de la duda.
El quinto día de su empleo conmigo, Charlie entró a mi habitación por la mañana. Yo estaba en la cama. Él no hablaba con las palabras arrastradas precisamente, sino simplemente un poco más lento que normal. Se estabilizó con la mano en el antepecho de la ventana. Pensé otra vez, “¿Maldito sea, está borracho?” Mi compañero de casa, Sam, todavía estaba, preparándose para irse al trabajo. Le llamé a mi habitación mientras Charlie estaba en la cocina.
“Mira si puedes ver si este tipo está tomado,” le pedí. Sam puso los ojos en blanco con simpatía. “¿Sólo un poco para ponerme listo, no?” Hizo un pretexto para charlar con Charlie por un par de minutos y después volvió.
“Creo que puede estar borracho,” dijo Sam. Pero Sam es casi abstemio. “Tienes mucha más experiencia con alcohol que yo,” dijo Sam con una admiración fingida. “Pero él está hablando de manera bastante chiflada.”
Charlie volvió al cuarto. Sam dijo que tendría que irse pronto, pero indicó con unas señas poco sutiles de la mano que no se iría hasta que se resolviera mi situación.
Charlie se arrastraba los pies al baño, mientras yo me acostaba allí, mi presión arterial aumentándose. “¿Ahora, que coño voy a hacer?” Muchas veces, me he quedado en la cama pensando exactamente esto, solo, y el asistente atrasado y más atrasado, y probablemente sin venir y definitivamente sin venir. Y yo, desventurado y desamparado, poéticamente como una tortuga jadeando en los escombros polvorientos de la carretera.
Charlie estaba en el baño mucho tiempo, tal vez cinco minutos. Suelo recibir un baño de esponja en la cama, utilizando un tazón con agua caliente. Mi asistente trae el tazón y lo deja al lado de la cama.
Por fin regresó Charlie, no con el tazón sino con el cubo del inodoro, lleno de agua. Orgullosamente dijo, “¡Esta caliente! ¡Bien caliente! ¿Qué te parece?” Mientras Charlie estaba parado esperando mis alabanzas, volví a mirar al cubo del inodoro. Seguía viendo al cubo del inodoro como si pudiera ver la temperature del agua. ¡¿El cubo del inodoro?! ¿Por qué estaba mirando agua dentro del inodoro?
Sentí mi mandíbula apretarse y un gruñido inaudible llegó a mi garganta. Dije “Charlie, he visto mucha gente borracha, lo he hecho yo mismo. No parece que estás borracho.”
Charlie cruzó sus brazos, y se tambaleó, frunció los labios, una versión cómica de ser serio. Dijo, “No tomo.” Volvió al baño, golpeando su hombro en la puerta, salpicando agua del cubo, y casi cayéndose.
Sam volvió a la habitación y nos miramos entre nosotros. Volvió Charlie. Dijo, “Tengo un pequeño problema con la botella. No soy orgulloso de eso.”
Sentí alivio. La verdad estaba expuesta.
Dije, “Me alegro que me lo has dicho. Ser honesto es el primer paso. Pero no puedes trabajar para mí. Estas despedido.” Charlie no dijo nada. Dije, “Bien, te puedes ir ahora, Charlie.” Se quedó allí meneando la cabeza.
Sam dijo, “Vamos, tienes que irte.”
“¿Y mi cheque?” preguntó Charlie agresivamente. Dije que trataríamos sobre eso luego, que en este momento se tenía que ir. Por fin se fue arrastrando sus pies.
¿Qué habría hecho si no estuviera Sam allí para ayudarme salir de la cama? Tenía que haber comprendido su embriaguez antes. ¿Cómo podría ser tan ingenuo? Fui demasiado tolerante. Estos pensamientos pasaban por la mente mientras llamé para poner otro anuncio en el diario:
Hombre discapacitado busca asistente con experiencia.
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La historia de James
James Meadours
Nací en Mississippi en los años sesenta. Mis discapacidades fueron causadas por la falta de oxígeno a mi cerebro. Mi mamá fue aconsejada enviarme a un manicomio, pero en vez de eso me tenía en la casa. Mi hermano nació en 1967, y nos mudamos a Louisiana en 1968.
Crecía sabiendo que era diferente. Otros niños se burlaban de mí y me llamaban cosas como “retrasado.” La primera vez que sentí dolido y excluido fue en el quinto grado. Los otros niños del cuarto y quinto jugaban juntos mientras yo fui puesto en la clase de gimnasio del segundo grado. Un día, un futbolista famoso visitó la clase de gimnasio de los cuarto y quinto grados. Todos los niños recibieron su autógrafo menos yo, porque yo estaba con los niños del segundo grado jugando al “pato pato ganso.” Mi mamá llamó a la escuela para decirles que no era justo, pero la escuela solamente me amonestió por quejarme demasiado.
Durante los ochenta, mi mamá se embarazó otra vez y mi papá viajaba mucho. Yo tenía que quedarme en la casa para ver a mi mamá en caso de emergencia. A veces me aburría y salía para jugar con mis amigos. Una vez, me atrasé en regresar. Mi papá se enojó que yo había dejado a mi mamá sola. Más de noche, me desperté mientras me gritaba y azotaba. Mi mamá no sabía que mi papá me había abusado.
Mientras estaba en el noveno grado, tuve experiencias de abuso fuera de la casa. Pensaba que había hecho amistades con un grupo de compañeras de mi colegio, pero resultó que tenían otros motivos. Me llevaron a sus casas cuando los adultos no estuvieron en casa y me hicieron quitar los pantalones y me tocaron las partes íntimas. Me amenazaron que me castigarían en el colegio si yo le avisara a alguien. Me utilizaban por un año entero; tenía demasiado miedo para avisarle a alguien. Lo único en que podía pensar era el látigo de mi papá.
Mi mamá dio luz a su bebé, pero algo estuvo mal durante el parto; tuvo una hemorragia cerebral fuerte y murió. Mi papá se hizo todavía más distante. Nunca me preguntó si querría hablar sobre la muerte de mi mamá ni tampoco me ofreció terapia. Estaba deprimido y comencé emplear Nyquil y alcohol para aliviar el dolor.
Mi papá volvió a casarse en 1985. Todos fueron a la boda menos yo; me dijo que quedara en la casa para cuidarla. Cuando era hora del prom (un baile formal del último año de la educación secundaria en los Estados Unidos), quise ir, pero no me permitió. Cuando me gradué, mis vecinos me hicieron una gran fiesta, a pesar de que mi papá y madrastra estuvieron en su contra. Me pusieron en un hogar de grupo después de la graduación. Nadie se preocupó de explicarme que tenía otras opciones.
Mi vida cambió cuando llegué a ser un dirigente local del Grupo Nacional Auto-Promotora (National Self Advocacy Group). ¡Al principio, pensaba que el grupo no me servía, hasta encontrar que era completamente sobre el empoderamiento! Mi meta es ser la voz de la gente que no ha sido escuchada y empoderarla. Muchas familias, como la mía, no creen que sus familiares discapacitados tienen propia voz y juicio.
Me gusta conocer a la gente, darles la mano y escuchar sus sueños. Llegué a ser presidente del grupo local, y luego de la organización regional del estado de Oklahoma. Empecé a ser conocido. Me hice voluntario con el Arco de Tulsa – otra organización promotora. Allí, fui el primer voluntario discapacitado. Eventualmente, conseguí un trabajo pagado en una tienda de ropa. Un año después, me mudé de mi hogar de grupo a mi propio departamento. La única persona en mi familia que me ayudó a mudar fue mi hermano, Joe.
Examinando mis 16 años de experiencia en liderazgo, siento orgullo por haber ayudado a las personas con discapacidades. Solamente me arrepiento de dos cosas: que mi mamá verdadera no ha podido ver lo que he logrado durante mis años; y que mi papá y el resto de mi familia nunca me han expresado su orgullo por mis acciones. Quiero ver a las personas con discapacidades empoderarse y darse cuenta de que tienen voz. Los niños discapacitados en particular necesitan saber que ellos también pueden tener sueños y metas. Deben ser animados a nunca renunciarlos y a seguir sus propios rumbos.
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Tal como una persona normal
Ronda Laman
Nacida prematura, pesando cuatro libras y nueve onzas, tuve que enfrentar muchos desafíos durante mi niñez. Tenía problemas con la vista, no podía caminar, y me diagnosticaron con parálisis cerebral. Mis padres me dejaban sola la mayoría del tiempo, llevando a mis tres hermanas con ellos. Cuando nos mudamos de Idaho a Texas, me tenían adentro todo el tiempo porque sentían vergüenza al ser vistos conmigo: una niña ciega y discapacitada. Mis padres me dejaron en el dormitorio con la televisión prendida, y algunas galletas o queso en un plato rojo y una Coca-Cola a mi lado; no podía ir con ellos en el autobús porque “pesaba demasiado.” Nadie fuera de mi familia sabía que yo vivía allí hasta que una amiga de mi hermana le avisó a su mamá, quien procedió a llamar a la policía. La policía vino a mi casa para recogerme. Mi padre fue detenido por abusarme y no llevarme a la escuela. Me acuerdo de que él preguntó, “¿Ella jamás podría leer, entonces de que sirve enviarle a clase?” No detuvieron a mi madre porque ella no estaba de acuerdo con el tratamiento que me hacía mi padre, pero él la pegaba cuando ella intentaba sacarme afuera. Mi padre no se fue a la cárcel, pero quisiera que fuera.
Mis padres se divorciaron y los Servicios Sociales me quitaron de su cuidado. No sé si mi madre jamás quisiera saber que pasó conmigo. Añoro a mi madre y a mi hermana mayor, Darla. Ella solía leerme historias y enseñarme la ortografía y los números. Ella tenía buen alma. Ojalá que pudiera encontrar a Darla, pero su nombre no se encuentra en los directorios telefónicos que he visto. Tal vez se casó y cambió su apellido. Ojalá que no tuviera un bebé prematuro como yo, pero si lo tuviera, sé que lo trataría bien.
Me mudé a vivir en un hogar de grupo para las personas con discapacidades cuando tenía quince años. Eso fue la primera vez que tuve una amiga aparte de mi hermana mayor. Mi amiga era Lacie Jill – que nombre más bonito. Nos reíamos mucho juntas. Eramos compañeras de cuarto con cuatro chicas más, todas con discapacidades. Al comienzo fue impactante para mí vivir allí porque, al contrario de los otros residentes de mi edad, yo no sabía manejar una silla de ruedas. Lacie tenía otra clase de discapacidad en su espina y estaba en una silla de ruedas, al igual que yo. Se mudó, pero a veces hablamos por teléfono y mandamos cartas en la Navidad.
Hice cuatro cirugías en mis ojos, pero ninguno no me ayudó. Ahora puedo leer audio-libros, y por fin saqué el título de bachiller. Ahora tengo 57 años y Darla 61, si aún sigue con nosotros y no está en el cielo. Tal vez algún día lea esto y descubra que aún estoy viva y me vendrá a visitar.
Tardaba mucho tiempo en creer que no era mi culpa que nací prematuramente y que no podía ver ni caminar. Tuve la suerte de conocer a personas con todo tipo de discapacidades y hablar con ellos a lo largo de los años. Hicimos cursos y nos fuimos al cine y tuvimos muchas grandes conversaciones para ayudarnos superar nuestro abuso y vergüenza. ¡Nuestra “mamá de casa” nos dijo que nadie merece ser excluido de la vida normal, especialmente las personas con discapacidades; no pude evitar pensar en las sillas de ruedas en barcos! Pero en serio, me acuerdo de pensar que soy tal como una persona normal, sino que utilizo una silla de ruedas y tengo una persona quien me lee los libros. Tengo todos los sentimientos y pensamientos que tiene cualquier otra persona. La mala manera de mi padre no me impidió vivir mi vida.
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Peligro: Discapacitada con SIDA
Peter Bodo Ong’aro
Antes tenía “doble desventaja,”
Primero como mujer, segundo por mis limitaciones de movimiento.
Los hombres me vieron como un blanco seguro.
Todos los caminos los llevaron a mí para el sexo gratuito.
Luego surgió la maldición del SIDA.
Sus ideas ignorantes sobre mí:
“No mueve mucho.
Poca probabilidad de contraer el SIDA.”
Ahora tengo triple desventaja.
Ahora tengo el SIDA.
Ahora yo estoy en peligro de extinción.
Y los dos estamos en riesgo.
Mi súplica es para ti, al igual que para mí:
No aproveches.
No pienses que tu estereotipo te salvará.
Ya no soy “segura” para tu placer malintencionado.
¿Tu conocimiento del peligro del SIDA me salvará de tu abuso?
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La historia de Jody
Jody Saxton
Me identifico como mujer sorda indígena. Soy defensora para las mujeres con discapacidades en mi comunidad, en particular para las sordas, y les ayudo acceder a servicios para encontrar información sobre sus derechos legales y de salud. Soy capaz de ser defensora porque he participado personalmente en el sistema legal. Conozco como es ser ignorada y no respetada por el sistema legal por ser indígena y sorda, y convivir con una pareja del mismo sexo.
Mi experiencia en el sistema legal proviene de cinco años de experiencia intentando protegerme de la victimización y el acoso. El acosador había incumplido ocho veces un orden de alejamiento. Las leyes sobre este tipo de acoso, en que una persona me seguía constantemente, habían sido introducidas solo recién, pero no me ayudaron.
Ya había sido víctima en mi casa y comunidad demasiado. Negué aceptar que mi libertad de salir a los lugares públicos y visitar a mis amigos era controlada por otra persona. El motivo por el acoso no era el problema; era que necesitaba cinco años y ocho ordenes de alejamiento para que este señor sea llevado a la justicia. ¿Por qué no me respetaron lo suficiente para escucharme? Hice frente a la situación. Yo les di no solamente documentación escrita, pero también evidencia visual del acoso, pero me dijeron que yo había invadido la privacidad de él. ¿Dónde estaba mi privacidad?
La policía y los jueces empezaron creerme cuando las demás víctimas llegaron para ayudarme. Este señor tenía otros casos de acoso al mismo tiempo, sin embargo la policía todavía no lo veía como problema. ¿Por qué no me creyeron antes?
La policía suponía que el hecho de que otros miembros de mi familia tenían implicaciones anteriores con la policía y la justicia (y siendo más “indígenas” que yo) significaba que yo era la misma ‘clase de gente.’ Las perspectivas de los policías mayores me hicieron cuestionar la realidad. Me intentaban convencerme de que yo estaba ‘imaginando’ el abuso, y que yo debería considerarme ‘afortunada’ que ‘yo le gustaba’ a este señor.
Cuando insistía, me entrevistaron, pero sin intérprete. No estaba segura de que idioma hablaban. Me dijeron que mi petición de un intérprete fue demasiada ‘cara’ y lenta. Me dijeron que yo hablaba muy bien y no me causaría problemas. Me dijeron que mi impedimento auditivo no era un problema para ellos. Les expliqué que mientras puedo hablar y leer los labios bien, necesitaba un intérprete para darme el contexto completo de las preguntas que me estaban haciendo. Sentía intimidada por su uso del inglés y lo encontraba más difícil cuando empleaban vocabulario desconocido.
Me han aplazado y cambiado los sitios de juicios por toda clase de motivo, incluyendo no tener un intérprete. El autor del crimen dijo que sentía ‘intimidado’ por el uso de lenguaje por señas y dijo que estábamos ‘hablando en código’ y que ‘el intérprete estaba mintiendo.’ Hasta uno de los magistrados no entendía la manera bicultural bilingüe (sorda/indígena, inglés/lenguaje de señas) en que me presentaba y dijo que yo le miraba hacia abajo con desprecio en vez de mirarle directamente (en mi cultura mirar hacia abajo es un tipo de respeto).
Además, cada vez que tuve que dar evidencia, tuve que volver a vivir el acoso y el abuso causados por esta pesadilla. ¿Dónde estaba mi derecho de un juicio justo? ¿Dónde estaba mi derecho de apoyo y de usar mi lenguaje como mujer con necesidad de protección?
Pero ahora he aprendido una lección de mucho valor sobre el sistema: no es perfecto (y no sería realista pensar que lo es). He identificado las fallas del sistema. Sin importar si una mujer tiene discapacidad o cuestión de idioma, o aunque sea la autora del crimen o la víctima, debe ser tratada de manera correcta y profesional.
No digo que una mujer con discapacidad debe recibir ‘tratamiento especial.’ Lo que queremos son servicios justos, y apropiados, un entendimiento claro de la ley, y una conciencia de cuales son los papeles importantes durante un proceso judicial y quien al final nos protegerá.
Soy una mujer quien ha sobrevivido acoso y abuso terribles, una mujer discapacitada quien ha navegado el sistema y sobrevivido. Ojalá que pueda empoderar a otras mujeres a tener éxito y lograr todo lo que quieren, si realmente creen en si mismas. Y, sin importar raza, religión, y preferencia sexual, todas somos mujeres primero. Juntas, podemos apoyarnos mutuamente para superar la segregación dentro de nuestras comunidades.
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